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Autor: Ignaudito domingo, 24 de junio de 2012

Una mano surgió de la oscuridad de la aerocalesa, Silas le había quitado la linterna apagándola con una mano mientras con la otra le tapaba la boca. Bajo ellos, a unos dos metros del suelo, el traqueteo cesó de repente, dejándolos sumidos en un tenso silencio.
Los latidos de su corazón martilleaban los oídos de Karla, que empezaba a pensar que la cosa de ahí abajo podía oírlos. Un súbito relámpago ilumino brevemente a la mecánica criatura que acechaba bajo la apareja de ladrones. Lo mas sencillo seria describirlo como un perro mecánico, lleno de ruedecitas y engranajes, pero a todos los que tienen o han tenido alguna vez un perro lo que acechaba en la oscuridad , estaba a años luz de ser un perro, mas bien podría tratarse de una prensa hidráulica con patas, todo dientes de acero y garras.
El trueno retumbó pocos segundos después, cuando la oscuridad volvió al almacén –La tormenta esta a un kilómetro aún. –comentó al oído de Karla distendidamente el sensual miscalita, lo cual contribuyó a abstraerla y tranquilizarla. Ambos se miraron cómplices durante unos instantes, con la intimidad de quienes suelen compartir el silencio paladeándolo, absortos en los ojos del otro.
            Las aceradas pisadas del engendro metálico se fueron alejando en su cíclico merodeo por el almacén. –Ha  estado cerca. –comentó Karla en voz queda. Silas la ayudó a bajar de la aerocalesa en la que se habían refugiado.
-Bueno cherí, me encanta pasear contigo en un romántico día de lluvia, pero hay trabajo que hacer. –le recordó el miscalita.
Los dos ladrones avanzaron por el almacén de aerocalesas siniestradas evitando al ruidoso vigía metálico, comprobando las placas identificativas. –Recuérdame por qué estamos arriesgando nuestro cuello por un simple  mecano-giróscopo, dame una hora y te conseguiré tres iguales- protestó Karla al tiempo que se acercaba a unas placas identificativas mohosas.
-No protestes preciosa, cuando lo encontremos lo sabrás perfectamente. –Karla no podía resistirse a esa sonrisa seductora que tantas veces la había metido en problemas.
-¡Voila! – fue la escueta exclamación que Silas profirió ante una destartalada aerocalesa con filigrana de oro y bronce que descansaba en mitad de un montón de chatarra al doblar la esquina.
Karla lo supo entonces, Silas tenía razón, había algo en la aerocalesa que estaba fuera de lugar. No se trataba del extraño diseño, ni de los inusuales materiales con los que estaba construida, había algo anacrónico en el aparato. –En serio Silas, dime ¿Qué hacemos aquí y cómo te has enterado de que esto estaba precisamente en mitad de este almacén? Su compañero intentó zafarse con una sonrisa pícara y un comentario mordaz, pero no estaba preparado para encontrarse con el cañón de la pistola de mecha de su compañera apuntándole directamente a la cara. –Esta vez no me vas a utilizar y dejar en la estacada como las últimas veces, para desaparecer durante una larga temporada.
-No era esa mi intención cherí. –balbuceó asustado el apuesto miscalita. –esta vez es diferente, he venido a llevarte conmigo, mis viajes se han acabado, tienes que ser tu.
Karla lo miró suspicaz. –Explícate, lo digo en serio, tienes un minuto. –exigió mientras sacaba su reloj de bronce. La lluvia se afanaba en golpear la uralita del techo mientras Silas se erguía, cambiando la siempre jocosa expresión por una más sombría, quizás triste.
-Muy bien, si es lo que quieres, te lo contaré todo, pero tal vez no me creas, querida. –Tal vez fuere la expresión de su rostro, o la pérdida de su perenne acento miscalita, pero Karla bajó la pistola temblando.
-Me estas asustando, idiota, si no quieres contármelo no lo hagas, no hay necesidad de tanto teatro. –musitó la empapada ladrona al tiempo que enfundaba su pistola de mecha.
Mientras su compañera lo miraba con reprobación, Silas trasteó en la aerocalesa, hasta llegar a la guantera de la que extrajo un extraño aparato plateado, lleno de botones, con una pantalla diminuta que marcaba la fecha en la que se encontraron por primera vez.
­            -Al fin, después de 10 largos años he dado con él. -susurró Silas con su nuevo acento, irreconocible por su compañera de cama y fechorías. –Hace 10 años nos conocimos ¿recuerdas?. –murmuró Silas con lagrimas en los ojos.
-Si, caíste del cielo, literalmente… -sonrío asustada su compañera. –y es que nunca se te dio bien dirigir aerocalesas.
-Ciertamente, los controles rústicos y arcaicos se me antojaban un desafío. –Silas toqueteaba el pequeño artefacto que había recuperado de la aerocalesa mientras hablaban. –la verdad es que tuviste toda la culpa, me distraje con tu sonrisa mientras miraba por la ventana y un edifico se me echó encima sin avisar. Tuve que saltar para no acabar como eso. –dijo señalando al amasijo de hierros que un día fue una aerocalesa de ultima generación. –Lo cierto es que vengo de muy, muy lejos, mas allá de lo que puedas imaginar, y hace ya demasiado tiempo que debería haber vuelto, no voy a mentirte mas, no voy a volver- Karla reprimió un sollozo al oír tal confesión- pero te pido que vengas conmigo, para no volver nunca.
-Silas, déjalo ya, no tiene gracia, coge lo que tengas que coger y vayámonos, no volveré a preguntarte más por tus motivos, comprendido.
-eso hago mi amor, he venido a por ti, tienes que ser tu, fuiste tu desde el principio, solo que no cronológicamente-después de decir esto ultimo Silas estalló en carcajadas  incontenibles.
La mala suerte, o el patrón de merodeo quiso que el engendro metálico apareciese tras la esquina en ese preciso instante. Entonces el tiempo pareció ralentizarse. Las gotas de lluvia caían una a una con un sonoro estruendo, pasando de ser un sonido constante a un rítmico golpeteo, la criatura metálica comenzó un salto que irremisiblemente acabaría con ellos destrozados, bajo sus afiladas garras, Silas tendió su mano a Karla mientras tecleaba en su extraño aparato, sus mirada se cruzaron , como tantas veces y no necesitaron decirse nada, ella iría allí donde el quisiera llevarla, lejos de todo lo conocido y a salvo de todo peligro, porque si estaban juntos no necesitaría nada mas.
Tras un fogonazo cegador, la criatura aterrizó en el suelo sin carne desgarrada en sus fauces, el almacén estaba vacío, de forma que una vez más comenzó su rutina de merodeo por el almacén.  En el suelo el extraño aparato de Silas descansaba junto a una aerocalesa destrozada, con filigrana de oro y bronce, en la pequeña pantalla podía leerse Londres, Inglaterra 20-07-2030

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